la mina...
Los primeros ruidos extraños aparecieron en plena noche. Un rápido análisis de la situación situaba su procedencia justo bajo su cama. Durante semanas, se fueron repitiendo hasta convertirse en una obsesión. No podía dormir, pasaba las noches ensimismado en aquel insólito martilleo intentando adivinar qué podría producirlo. Así llegó a aquella conclusión; una mina. Seguro. En algún lugar cercano, debía existir una mina de carbón y una de sus galerías se habría extendido hasta ir a parar bajo su casa. Eso explicaría aquellos sonidos. Pensó que, de algún modo, si aquella materia se encontraba bajo el suelo de su propiedad, era de su propiedad y, por tanto, debía exigir algún tipo de compensación por ella y por las molestias ocasionadas. Se informó sin éxito. Las autoridades negaron la existencia de minas ya no en la zona si no en toda la isla. Un claro caso de ocultación, dedujo. ¿O no? Si la administración realmente no sabía nada del asunto puede que la explicación fuera aun más extraña y enrevesada de lo que había pensado en un primer momento. Las hipótesis se sucedían en su cabeza como expulsadas calientes en una máquina de palomitas. Sin duda, tres meses sin dormir ayudaban a pensar con más claridad y a buscar más allá de las simples apariencias. Ya lo tenía. Si existía una mina bajo su casa (eso era obvio) y las autoridades humanas no sabían nada, la naturaleza de aquella explotación no debía ser de naturaleza humana. Escuchando con más detenimiento, certificó que el sonido de aquellas máquinas distaba mucho de los sonidos familiares de la industria conocida. Sí. Eran, sin duda, extraterrestres los que explotaban aquel yacimiento con misteriosa nocturnidad. Pero ¿por qué? ¿Para qué querrían carbón los alienígenas si seguramente contaban con más y mejores sistemas de combustión. A no ser que… Claro! ¿Cómo no lo había imaginado? No era carbón lo que se extraía de debajo de los cimientos de su casa. Eran diamantes, piedras preciosas. Sí! Las bolsas de los ojos le rozaban ya la barbilla y los primeros brotes esquizoides le hacían desconfiar hasta de las toallas cuando por fin llegó a su conclusión absoluta. Los extraterrestres extraían diamantes de la tierra puesto que en sus planetas carecían de ellos. Sin lugar a dudas, las mujeres extraterrestres estaban cansadas de contemplar, a través de las televisiones por satélite que, obviamente, interceptaban, aquellos preciosos ornamentos que lucían las humanas. Se habían puesto celosas. Imaginad lo que debe ser una marciana furiosa presa de un ataque de envidia, con sus poderes, rayos láser y fuerza descomunal. Por eso habían venido, para que sus compañeras pudieran lucir aquellas joyas envidiables que contemplaban en las reposiciones de Falcon Crest y Dallas. Cuando hubo resuelto el enigma, de repente, se tranquilizó y volvió a dormir con la facilidad de antaño. De hecho, aquellos sonidos se redujeron e incluso comenzaron a funcionar como una dulce canción de cuna. Decidió no hacer a nadie partícipe de su descubrimiento. Si se enteraban, actuarían en contra de nuestros distinguidos visitantes y los meterían en un lío. Ellos sólo lo hacían para contentar a sus mujeres y aquello era sin lugar a dudas una causa tan noble como conmovedora. Los donjuanes del universo habían ido a parar bajo su cama para mejorar su coexistencia con las dulces damas verdes que poblarían sus calles. Y aquello, para él, no podía más que ser un motivo de orgullo.

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