siempre hay algo que contar...

miércoles, febrero 22, 2006

leve sonrisa...

Una sonrisa. Una simple y llana sonrisa, más mueca que carcajada. Sin florituras ni aspavientos ni exagerados regodeos. Una pequeña sonrisa puede derribar las barreras de todo inepto irritado e irritante. De hecho, es la sonrisa el único escudo que puede infaliblemente desarmarlos. No servirá la ira, ni el insulto, ni el elevado volumen del timbre de voz. No. Al contrario. Eso es precisamente lo que esperan. En esas lindes será difícil encararlos pues son los argumentos en los que se mueven ellos como peces en el agua. En cambio, una leve sonrisa, un guiño de bienestar, ironía y compasión, les hará perder aun más los estribos y ser, como es siempre el que lucha sin contrincante, el único derrotado. Debemos enarbolar la bandera de esta táctica tan dolorosa para ellos como gratificante y sencilla para nosotros. Debemos sazonar sus constantes ataques de rabia con nuestras constantes semillas de la sutil indiferencia. Un gesto impasible, que no alteraremos ante su retahíla de blasfemias, gritos y movimientos ostentosos. Y en ese gesto, dibujada, una sonrisa suave, de las que casi no se ven sino se intuyen entre la apertura específica de los ojos, la comisura de los labios y el arqueo de los mofletes tras una ligera elevación de los zigomas. Vamos, como si estuviéramos en un concierto de reggae pero con los ojos un poco más abiertos. Así, imperturbables, observaremos atentos su reacción: irán subiendo aun más el tono de voz, adquirirán un aspecto violento, la cara se les hinchará y sonrojará, al igual que las yugulares, y notaremos cómo les va faltando el aire. En casos extremos podremos incluso apostar por la gran estocada. La gran estocada, en diferentes versiones prácticamente igual de efectivas, supondrá el KO definitivo, la plácida humillación transformada en arte. Ésta, la gran estocada, requiere mantener el gesto que hemos establecido como correcto e imperturbable durante lo que dure su porcina interpelación para después acompañarlo de una frase. Una frase sencilla y directa del tipo: “Perdón, ¿puedes hablar más despacio?, no he entendido nada” o “¿Hablas conmigo?” o “¿Por qué no vuelves cuando estés más tranquilito?”. Pero, ojo! La gran estocada puede provocar una reacción sumamente enérgica ante la que debemos estar prevenidos.

En fin, este es el sistema recomendado. Una leve e irónica sonrisa será, por sí sola, la mejor manera de controlar a los exaltados, a los incompetentes y a los autoproclamados infalibles. A esos que utilizan su fuerza para protegerse pues saben que sabemos que son unos cafres e ineptos, y eso es algo que no pueden soportar.