dos cautivos...
Iban camino al Puerto de Alicante. Era el 27 de noviembre de 1938. Se acercaban por el sur, desde algún recóndito lugar en las afueras de Murcia. Leopoldo caminaba delante, con las manos atadas a la espalda, aspecto desfallecido y una camisa convertida en jirones tras varios intentos por superar la alambrada. Detrás iba Sebastián, blandiendo un fusil rematado en bayoneta, también cansado y con los pantalones adobados de barro y sangre. Habían recorrido 16 kilómetros sin detenerse y sin mediar palabra, compartiendo los posos de una sucia cantimplora que no encontraban dónde rellenar. Sebastián tenía ordenes precisas de escoltar al prisionero hasta las dependencias que el bando nacional había establecido en el puerto una vez descubierto y abortado el flujo de personas que desde ahí buscaban el exilio. Poco antes de llegar a Elche, se detuvieron en un granja regida por una familia marcada como colaboradora y afín a la causa. Les dieron agua y comida caliente, un lugar en el que asearse y les ofrecieron el pajar para pasar la noche a cubierto y seguir su camino al día siguiente. A fin de poder descansar, Sebastián ató a Leopoldo a dos enormes yugos que yacían en medio del cobertizo. La cuerda hasta la cadena era suficientemente larga como para que Leopoldo pudiera también dormir con un mínimo de comodidad tras lo exhausto de la jornada. Entre los objetos que el preso depositó en el suelo; un paquete de tabaco, un pañuelo con iniciales bordadas y varias páginas de un manuscrito. Sebastián cogió aquellos papeles. Eran poemas, escritos por Federico, otro militante republicano que había sido fusilado dos años atrás. “No te conoce el lomo de la piedra, ni el rastro negro donde te destrozas. No te conoce tu recuerdo mudo, porque te has muerto para siempre”. Leopoldo ladeó la cabeza, hundida sobre un lecho de paja, y prolongó de memoria aquellas palabras. “El otoño vendrá con caracolas, uva de niebla y montes agrupados, pero nadie querrá mirar tus ojos, porque te has muerto para siempre”. Los dos recitaban al unísono. “Porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan, en un montón de perros apagados.” Leopoldo descosió de su mirada una incontenible lágrima. Sebastián se reconoció amante de la poesía, creador furtivo de versos desde lo inmundo de tantas trincheras. “Es precioso”, afirmó. “Hay decisiones que nunca lograré entender. Nadie tiene derecho a cortarle las alas a un ángel”. Durante horas, hablaron de poesía, bebieron del bote de aguardiente con el que la familia Eldera les previno del frío, y rieron, mucho, tal vez demasiado. Fue entonces cuando Leopoldo, roto todo protocolo, le dijo a Sebastián. “Puedo verlo en tus ojos. Tú también deseas como está prohibido”. Sebastián desató la cuerda y abrió los grilletes que limitaban al cautivo. Se miraron, tan de cerca que se hicieron borrosos, y se besaron, despacio, ajenos a proclamas y reglamentos. Pasaron la noche juntos, posados y entrelazados sobre pasión y pasto. Por la mañana, salieron de aquellas tierras como habían llegado, uno delante, derrotado, y otro encañonándole como si le fuera la vida. Así se despidieron de aquella gente. Unos minutos más tarde, Sebastián soltó la correa y, con cuidado de no lastimarlas, desató las manos del prisionero. “Camina un día y medio hacia el noreste. Allí encontrarás a los tuyos. Yo me golpearé en la cabeza y así no tendré que dar más explicaciones. Esperaré a informar hasta mañana y así tendrás un día de ventaja. Suerte. Cuídate”. Leopoldo se acercó y le besó de nuevo. “Hasta siempre”. Y desapareció corriendo a través de aquel sembrado teñido de color y vida.
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