siempre hay algo que contar...

miércoles, enero 25, 2006

la gente mediocre...

La gente mediocre no sabe estar sola. Necesitan constantemente de otros al lado para que refuercen su sensación de pertenencia a algo. Por eso no entienden que viajes solo, que comas solo o que vayas al cine solo. “Pobre”, piensan, mientras esgrimen una de aquellas miradas lastimeras que enjuician sin pararse a valorar. “Pobres vosotros”, piensa en cambio el solitario. “Pobres de vosotros que sufriréis sin remedio el día que la soledad os haga compañía. Un día que, lo deseéis o no, os garantizo que llegará” Al fin y al cabo, la soledad es el único patrimonio estable del ser humano. Una inmensa soledad salpicada de momentos, más o menos prolongados, de grata compañía. Hay que amar la compañía, y hay que amar la soledad, aclimatarse a ella, sentirla como deleite y no como tortura. Es, la soledad, el sutil cohabitar con uno mismo, lejos de estímulos incontrolables, lejos de pautas ajenas y lejos de perdidas inesperadas. El que adora la soledad, adora la compañía pues la toma como el perfecto regalo de un complemento voluntario. El que teme a la soledad, el que no la acepta, sufrirá también en el oasis de la compañía. Sufrirá constantemente pues el miedo al fin de la misma, el miedo al aislamiento, le hará recelar y actuar como quien protege un tesoro y no como quien lo disfruta. Y hay una gran diferencia. La obligación de compañía le hará torpe y avaricioso, sumamente inseguro y peligrosamente vulnerable. Así, en conjunto, le hará mediocre. Pasto de la mediocridad que supone hipotecar toda supervivencia, toda estabilidad, toda placidez, a la realidad de otros sobre cuyas decisiones, reacciones y fantasías no siempre tendremos la potestad que tenemos sobre las propias. Nadie puede escapar a su individualidad. Partiendo de aquí, sólo el individuo que asuma esta afirmación en su global y lógica simpleza, será libre del tormento constante que supone el miedo a alargar la mano y no tener a nadie a nuestro alcance. Somos nuestro castillo; rodeado de campos, y ríos y bosques que le dan sentido. Pero nosotros, al fin y al cabo, somos nuestro castillo, nuestra completa fortaleza, y no sólo un pilar renqueante del mismo que no puede sustentarse sin pilares que lo circunden. Los demás son un magnífico complemento a nuestra existencia individual. Un magnífico complemento, reconfortante, pero no imprescindible.

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“La soledad es patrimonio de todas las almas extraordinarias”
Arthur Shopenhauer