la gente mediocre...
La gente mediocre no sabe estar sola. Necesitan constantemente de otros al lado para que refuercen su sensación de pertenencia a algo. Por eso no entienden que viajes solo, que comas solo o que vayas al cine solo. “Pobre”, piensan, mientras esgrimen una de aquellas miradas lastimeras que enjuician sin pararse a valorar. “Pobres vosotros”, piensa en cambio el solitario. “Pobres de vosotros que sufriréis sin remedio el día que la soledad os haga compañía. Un día que, lo deseéis o no, os garantizo que llegará” Al fin y al cabo, la soledad es el único patrimonio estable del ser humano. Una inmensa soledad salpicada de momentos, más o menos prolongados, de grata compañía. Hay que amar la compañía, y hay que amar la soledad, aclimatarse a ella, sentirla como deleite y no como tortura. Es, la soledad, el sutil cohabitar con uno mismo, lejos de estímulos incontrolables, lejos de pautas ajenas y lejos de perdidas inesperadas. El que adora la soledad, adora la compañía pues la toma como el perfecto regalo de un complemento voluntario. El que teme a la soledad, el que no la acepta, sufrirá también en el oasis de la compañía. Sufrirá constantemente pues el miedo al fin de la misma, el miedo al aislamiento, le hará recelar y actuar como quien protege un tesoro y no como quien lo disfruta. Y hay una gran diferencia. La obligación de compañía le hará torpe y avaricioso, sumamente inseguro y peligrosamente vulnerable. Así, en conjunto, le hará mediocre. Pasto de la mediocridad que supone hipotecar toda supervivencia, toda estabilidad, toda placidez, a la realidad de otros sobre cuyas decisiones, reacciones y fantasías no siempre tendremos la potestad que tenemos sobre las propias. Nadie puede escapar a su individualidad. Partiendo de aquí, sólo el individuo que asuma esta afirmación en su global y lógica simpleza, será libre del tormento constante que supone el miedo a alargar la mano y no tener a nadie a nuestro alcance. Somos nuestro castillo; rodeado de campos, y ríos y bosques que le dan sentido. Pero nosotros, al fin y al cabo, somos nuestro castillo, nuestra completa fortaleza, y no sólo un pilar renqueante del mismo que no puede sustentarse sin pilares que lo circunden. Los demás son un magnífico complemento a nuestra existencia individual. Un magnífico complemento, reconfortante, pero no imprescindible.
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“La soledad es patrimonio de todas las almas extraordinarias”
Arthur Shopenhauer
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