pluma de becada...
La pintó color pastel, perfilando su figura con alfileres y pluma de becada, como los grandes maestros. Difuminó la sinuosidad de sus espacios malditos, aquellos en los que guardaba su arsenal de primaveras. Corazón, torso y cabello, disipados hasta perderse en el blanco del tapiz. La mimó con la manos, moldeando su hermosura más allá incluso de la abultada imaginación del retratista novel. La creó perfecta, tal y como la había soñado. Y después de haberla creado, decidió que sólo la amaría a ella. Así, durante toda su vida, amó a alguien que no existía. A alguien que jamás podría abandonarle.
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