me enferma...
Me enferma la fragilidad con la que encaramos ciertas cosas. Casualmente, las que más importan. Me enferma la decadencia en el quererse de aquellos que más quiero. Lo efímero de los juramentos eternos y la carcoma que genera la ternura caducada. Me enferma la crueldad de los destinos encontrados, tan necesarios como insoportables. Me doblego ante la razón de la lógica inquebrantable. Y miro por la ventana, como si al hacerlo escapara por ella con la facilidad de este humo, hoy prohibido. A veces siento que todo parece un constante goteo de cápsulas de amargura que algo o alguien se encarga de introducir, una a una, en nuestra garganta. Motas de polvo que se enquistan y carraspean por más agua que traguemos. No es la vida ya que ésta, en sí, resulta gratificante. Es una parte de los procesos indivisibles que la forman. Me enferma el llanto de quien es fuerte pero ante lo agrio del amor se debilita. Se debilita tanto que pierde la noción. Que olvida que hay otras vidas en las que sufrir no es un deber inalienable. Me enferma no poder decir las cosas que debo, porque pienso que no debo, que no es, al fin y al cabo, mi problema. Me enferma esta neutralidad forzada, esta política de correcciones que nos vuelve insensibles. Y vuelvo a entrar por la ventana, apartando las polvorientas cortinas que circundan esta cárcel abierta. Todo sigue igual. Cerramos los ojos para poder cambiar, y los abrimos para poder ver. Para poder ver que nada ha cambiado. Es sólo lo negativo, que ni mucho menos es todo. Pero es suficiente como para hacer que lo positivo mengue y se infravalore. Miro a los que sienten lo mismo. Y me invade lo imperdonable que resulta claudicar, asumir y seguir engrosando nuestras cansadas tragaderas. Me enferma no poder cambiar las cosas. Saber que seguiré, día tras día, secando las lágrimas que brotan de la horma de lo que soy. Que seguiré secándolas pero que no conseguiré que dejen de brotar.
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