19 escalones...
Encontró la delicadeza en los ojos de la gente. Deambulaba perdido ante la búsqueda de la belleza minimalista y cotidiana, igual que aquél que intentaba cazar mariposas blancas sobre la nieve. Abría con ligereza el grifo de su sonrisa. Y en ese gesto, en ese acto trivial y sosegado, enamoraba, por sincero, lo que se encontraba a su paso. Era lo que era y no lo que pudo o quiso ser, premisa que le permitía vivir sereno. No exigía más de lo que se exige al espejo, a la almohada o a los tres fogones renqueantes de su pequeña cocina. Exigía bajar con ilusión los 19 escalones que abrían el telón del teatro de la calle. Y una vez allí, buscaba por cualquier rincón la complicidad que daba cuerda a su día a día; un gesto, un esbozo de palabra o el conato recíproco de una leve mirada. Subía al autobús, no sin esfuerzo, y saludaba metódicamente a todos los que se encontraban entre la puerta y el primer asiento vacío. Camareros, vendedores, sanitarios y conductores lo habían declarado patrimonio del barrio. Su humanidad excedía de lejos el envoltorio cascado en el que habitaba. Todos lo sabían. Por eso le regalaban aquellas miradas cargadas de la ternura y el altruismo con los que sólo se mira aquello que se adora. Él gestionaba a conciencia lo que obtenía de aquellos ojos. Descifraba las vidas, los sueños y los secretos de los demás a través de lo que leía en sus redondos escaparates que observaba con detalle. Extraía de ellos la delicadeza que después utilizaba para alimentar su corazón, varias veces remendado. Supongo que por eso le querían. Conseguía de inmediato erradicar el miedo que tenemos a la analítica humana, a los que al mirarnos son capaces de saber cómo somos. Se mostraban desnudos ante él, como haríamos ante el médico, el párroco o el psicólogo. Y a su lado, sin saber muy bien por qué, se sentían mejores personas; nadie con quien competir, nadie a quién impresionar, nada por lo que fingir. Así vivió, en su modesta simbiosis con la raza humana, hasta que la lógica de la edad le hizo perder la vista. Una mañana se dio cuenta de que ya no leía en los ojos ajenos, simplemente porque casi no podía verlos. Había perdido el enfoque que le llevaba de viaje hacia la mente de las personas. Ya no distinguía el afecto del pánico, ni el dolor de la alegría tatuados en las retinas de quienes le rodeaban. Ese fue el final. Él, que había superado intervenciones en su corazón y en su cabeza, apéndices de madera con los que poder caminar y mecanismos incomprensibles con los que comunicarse, no pudo con aquello. Así dejó de bajar sus 19 escalones, dejó de exigirle nada al espejo y poco a poco, sin dar más explicaciones, se fue desvaneciendo.
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