siempre hay algo que contar...

jueves, abril 14, 2005

Leiden...

La luna dibuja un tenue destello sobre la catedral de Leiden. Ella camina bajo la lluvia y yo camino bajo el hipnótico influjo de sus pisadas. Una perfecta cadencia de movimientos. Como un baile de pubertad al que sólo han sido invitados sus pies y los charcos. El trazo de sus huellas, cada vez más acentuado, marca en el suelo el camino de este ciego rastreador. A diferencia de la sangre negra de esta pluma, que mengua y desfallece quizá por miedo a quedarse corta intentando describirla. Ella no para de reír sin motivo y yo recuerdo que nunca antes había visto nevar sobre un campo de tulipanes. De hecho, nunca antes de subirme a ese tren había visto un campo de tulipanes. A medida que avanzamos la ciudad se duplica. Una frente a nosotros, con sus majestuosas casas clónicas de fachadas grises. Y otra a nuestros pies, idéntica pero temblorosa, reflejada en los canales. La segunda es la que más me gusta, manchada de hojas, y cisnes, y pequeñas barcas destartaladas que se abren hueco a través de las oscuras bocas que existen bajo los puentes. El mar es una serpiente mil veces ramificada que vigila sigilosa todo el país. Que avanza entre las calles, los colegios, las iglesias, los hospitales… intentando recuperar el terreno que le robaron. Ella también avanza, ajena a las miradas que le propinan todas las bicicletas que descansan apoyadas en aquella barandilla verde y oxidada. Yo la miro igual, y la sigo, y no la pierdo por más tranvías que intenten interponerse entre nosotros. Al fin y al cabo, es una historia extraña en un país extraño y, por ello, es absurdo intentar maquillarla de cordura. Yo sé que ella se acabará cuando se acaben los canales. Ella, en lugar de pensarlo, sonríe y, cuando lo hace, dulcifica el agua y consigue que el mar se retuerza y retroceda. Así las aguas se relajan y se duermen. Y dormidas, vuelven a ser el espejo donde contar las estrellas que ondean entre los círculos que germinan con la lluvia. La misma lluvia que desciende, apresurada, por el trampolín que forman su nariz y su boca. Desciende hasta que, armado de valor, despacio, absorbiéndola, yo la detengo.