capitulamos...
Ya no había muchas cosas de las que preocuparse. En los ojos de la mayoría podía leerse que todo se había acabado y que todo estaba prácticamente perdido. Algunos ocultaban su miedo bebiendo y bailando a todas horas como si crearan así un velo irreal que encubriera la tragedia. Sobre todo Eva. Eva había superado los umbrales del miedo y entrado en un estado constante de delirio paranoico. Quizá la locura se le hubiera contagiado del propio Führer, quien sabiendo que los rusos estaban tomando Berlín decía aun estar convencido de ganar la guerra. Todos en el búnker sabíamos que era cuestión de horas. La mayoría decidió marcharse, probar suerte haciéndose pasar por civiles o intentar alcanzar alguna de las pocas fronteras que aun apoyaban al Reich. Los demás se quedaron, asumiendo su destino. Entre los que se quedaron estaban los Goebbles; Magda, Joseph y los niños. Magda tuvo la sangre fría de envenenar, uno por uno, a sus seis hijos. Después, como ya habían hecho Adolf y Eva, se quitaron la vida para que los incineraran antes de que los rusos asaltaran el búnker. El Führer murió convencido de que jamás nos rendiríamos y de que Himmler, que apoyó hasta el final la decisión de no abandonar Alemania, lo había traicionado. Pero ambas cosas fueron falsas. Himmler, que intentó sin éxito llegar a un acuerdo con los aliados, fue capturado por una patrulla británica cuando se dirigía de Fleshburg a Baviera, afeitado, rapado y disfrazado de gendarme. El gran sucesor, el mayor criminal de todos los tiempos, murió en su celda, tragándose una ampolla de cianuro potásico a las puertas de los juicios de Nuremberg. Y capitular, pues claro que capitulamos. Con Hitler muerto, no tenía sentido dejar que nos masacraran. El 8 de mayo de 1945, a las 23:01 entregamos Alemania.
Hoy, al pensar en todo lo que vivimos, no sé cómo debemos sentirnos. Aquello fue una especie de locura colectiva, una enfermedad que el Führer se encargó de implantar en nuestras cabezas. Fueron doce años en los que cambiamos el carácter del mundo y de las personas. ¿Si duele haber formado parte de todo aquello? Sí. Claro que duele. Pero duele ahora, no entonces. Entonces hacíamos lo que nos decían y nos parecía que hacíamos lo correcto. Al fin y al cabo, el pueblo nos había elegido. Todo pasó tan deprisa. ¿Si volvería a hacerlo? No lo sé. No lo sé. Teníamos grandes proyectos.
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