recolectores de estrellas...
El coraje no lo era todo en el pequeño mundo de los recolectores de estrellas. También importaba el corazón. Porque resultaba imprescindible a la hora de localizar a las estrellas pequeñas, las que se escondían entre nubes y bandadas de cometas. Ellas desprendían mucha más ternura de lo normal. De ahí la importancia del corazón a la hora de intuirlas. Aun así, el coraje era fundamental. Algunas estrellas no se dejaban atrapar y no imagináis lo que es luchar contra ellas. Son muy fuertes y, cuando quieren, muy violentas. Sobretodo las adolescentes, las que habían huido por convicción.
Aunque habían actuado mal, la mayoría de estrellas que escapaban tenían algún poderoso motivo para hacerlo. Ninguna estrella hace algo porque sí. Por eso debían ser tratadas con respeto, no como criminales sino como enfermas. Había tres clases mayoritarias. Las más pequeñas, por regla general, se habían perdido. Las más peligrosas, las medianas, se sentían infravaloradas en sus galaxias. Estaban enfadadas y estaban rabiosas. Por eso había que temerlas. Las viejas, normalmente, habían caído presas de la tristeza y, sintiéndose inútiles, faltas de luz, se habían marchado, sin importarles en absoluto lo que pudiera sucederles.
Algunos planetas se habían unido ante la creciente desaparición de astros que afectaba directa y fatalmente a su ritmo de vida. Para eso nacieron los recolectores de estrellas, para salir en su búsqueda, localizarlas y convencerlas de que debían volver. La psicología era una parte fundamental de su tarea. Todas las estrellas son comprensivas y, en la mayoría de ocasiones, bastaba con recordarles lo importantes que eran. La falta de cariño empezaba a convertirse en una epidemia a lo largo y ancho de todo el universo. Aun así, no todas las estrellas podían ser recuperadas. Algunas, en un medio extraño, morían y colapsaban antes de que llegaran los recolectores. Otras, simplemente, se perdían y nunca se las localizaba.
Siempre que una estrella se daba por perdida, o por muerta, se declaraban 1000 años de luto en todo su sistema. Los planetas lucían negros crespones a lo largo de su diámetro y las otras estrellas de su nebulosa lloraban cada noche. Por suerte, para esos casos, existían las Voluntarias. Ellas, cedidas por las galaxias más prolíficas en astros, cubrían las vacantes. Eran, junto a los recolectores, admiradas como diosas pues, al fin y al cabo ellas, las Voluntarias, garantizaban el futuro del universo.
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