amaneceres...
El paseo hasta el coche se hizo felizmente interminable. Aun centelleaban las luces intermitentes allí donde mirásemos. En las aceras, en los tejados, en los contenedores y en los árboles urbanos, asfixiados en sus miserables macetas engalanadas con chicles, colillas y orín. Las calles chirriaban al paso de los neumáticos, como si les doliera aquel masaje tan poco delicado y por ello gimiesen en busca de un indulto absurdo. Era la estela de las procesiones, que enceraba la ciudad y le confería sonidos lúgubres de dolor y puertas carcomidas. Calles deshabitadas que brillaban al tacto de las farolas, como si dibujaran el camino hacia lugares mejores. Evitábamos los pequeños charcos que las máquinas del ayuntamiento nos habían regalado junto a un envolvente olor a humedad y frescura. Y evitábamos pisar las hojas pues, aun inertes y blanquecinas, habían formado parte de nuestra naturaleza y ello nos empujaba a respetarlas. Los hornos comenzaban a despertar y el aroma a pan recién hecho doblaba con suavidad las esquinas en busca de algún hocico agradecido. Aun ingrávida, aquella fragancia dibujaba en nuestras cabezas la forma del pan, su figura tierna y humeante, su tacto y su sabor. Al cruzar el puente de Sa Riera, nos saludaba el agua en ligero movimiento, y algunos gatos, desperezando sus patas contra un manto de helechos y comprobando en la mustia muralla la agudeza y contracción de sus pequeños garfios. Sentíamos el amanecer como quien siente sobre su rostro un reguero de agua helada. Claro y prometedor, el paso de la oscuridad a la luz nos despejaba volviéndonos inmunes a las torpezas de la noche. Sobre la hierba, algunas flores desplegaban sus persianas al roce de las primeras caricias del sol. Las pupilas cambiaban de formato y las caras de gesto. Los edificios aparecían bitonales en su lucha diaria entre sombra y luz. Y un nuevo día irrumpía, decidido, dispuesto a cotillear en nuestras vidas. Así llegamos al coche, sin saber de fechas ni agendas, de estaciones ni calendarios. Sólo de amaneceres, y de cómo éstos nos entumecen los sentidos.
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