siempre hay algo que contar...

martes, enero 10, 2006

concluyo...

Incluidos los dos que dedicó a las cortinas de la ducha, su obra en verso se reducía a seis poemas. Sin duda, una escasa aunque selecta antología para el mayor poeta que jamás había dado la calle Marqués del Soto. “La humedad se ondula” y “A chorro lento”, pertenecientes a la ya mencionada colección, pasaron casi desapercibidos entre sus mediocres congéneres. Nadie se detuvo ni un solo instante a paladear aquellos versos. Nadie apretó con vehemencia aquellas cuartillas contra su pecho. Nadie exhaló un solo suspiro pronunciando aquel solemne “La lluvia interior me conmueve, y tú me arropas. No sé si es agua o son lágrimas las gotas que se suicidan por los huecos de mi mirada”. El resto de su obra, los otros cuatro, versaba en torno a temas cotidianos, minucias para la burda percepción de una persona cualquiera pero diamantes en bruto ante la analítica mirada de nuestro incomprendido rapsoda. En “La alfombra gris” diseccionaba con sumo respeto la cruda realidad de los adoquines de su calle. Versos profundos, colmados de nostalgia e inquietud, capaces de ruborizar el más frío de los alientos. “Camino sobre la historia empedrada de toda ausencia pretérita. Aquella donde reposan las huellas que impregnaste al dimitir de nuestras noches comunes”. “Emisario del vacío” y “Soledad franqueada” constituían una segunda micro colección dedicada en este caso a la solemne figura del cartero. Tanto sentimiento y tanta miseria agrupados en palabras; “Ya jamás te detienes ante el umbral de mi casa. Ya no me colman misivas, ni historias, ni anhelos de los que un día estremecían mis manos al relieve tintado de algún recuerdo postal”.
Sin duda, aun admirando la calidad global de su obra, fue el sexto y último poema el único que sobrepasó las fronteras de aquel desconchado cuatro piso. De aquella media docena de muestrarios de estrofas, sólo uno mereció, aunque de forma póstuma, la atención de sus vecinos. En realidad, la de sus vecinos, la de la prensa y la de la policía local que fue quien encontró el poema junto a su cuerpo y su cuerpo junto a la bañera. “Y con esto concluyo” sí fue por fin publicado en diversos medios escritos de la ciudad, y recitado con pausas en las radios de mayor audiencia, y analizado en varios programas del prime-time televisivo. Muchos fueron los que al final conocieron a Pedro. Y lo que es más importante; muchos fueron los que al final conocieron su obra. Los que vieron su sensibilidad resquebrajada en alguna cafetería, en el sillón de la sala, en el metro o en su puesto de trabajo. Los que se encontraron de frente con la más dramática declaración jamás escrita. Los que contuvieron el aliento tras aquellas conmovedoras palabras.“A veces no distingo mi fin de mi procedencia. Y dudo de los desenlaces fruto del uso común. No acepto que siga el desgaste de estas manos encogidas. Ni que le acompañe la extenuación de esta mente ya cansada. No acepto que una mañana ya no pueda sonreír, ni desear, ni escribir. Y vague, desubicado, por los corredores del estorbo, el delirio y la insensatez. He visto los ojos marchitos de la hermana decrepitud. Sin miedo ni riesgo los he interrogado. Y me han dicho que en soledad todo trance se multiplica. No acepto no recordarme. Por ello, me llevo lo poco que queda de mi alma. Os dejo mi cuerpo. Yo ya no lo necesito”.