siempre hay algo que contar...

viernes, enero 13, 2006

grito...

Creo en el tiempo reciclable. Tomo la manta deshilachada de las tierras prometidas. Y cubro con ella cada minúsculo rincón de mi humilde paraíso. Asumo mi parte de culpa. Envío al aire mensajes sin esperanza ni itinerario. Veo cómo caen y se deslizan, absurdos, en las charcas heladas hasta quedar varados. Y sé que ahí morirán, solos, en su enmohecida botella. Extiendo los brazos. Dejo que todo lo que me rodea forme parte de mi. Observo el mundo en miniatura de las tierras flamencas, y el miedo en los ojos de aquellos que no comprenden. Siento el tremendo fragmentar de la materia. Pequeñas detonaciones en los puntos vitales. Como el constante desgarrar de las rocas en la escollera. Ya no os percibo. Ni parte viva ni parte latente. Ya no os distingo. Ya no hay faros entre la bruma. Y en macabra consecuencia, no se distinguen los abismos de este mundo de acantilados. Caer es tan común que el vértigo es permanente. Y veo del todo improbable encontrar la enredadera por la que remontar la pared. Acepto las manos y los labios cortados. Acepto la escarcha que florece en los vértices de todo tormento. Acepto mi destino aun sin compartirlo. Pero no acepto la inercia del silencio, la forma con la que lo supedita todo a la inexacta adivinanza. No acepto el silencio como punto de partida. Ni acepto el silencio como indigna represalia. Me revuelvo, oteo el lustroso barniz del horizonte y grito. Grito. Grito para que en algún lugar, algún día, alguien aprenda a escucharme.