alas de mariposa...
Decidió cortarle las alas a la mariposa. Con el tiempo, ellos explicarían que era fruto de una enfermiza regresión, de una educación incompleta y de una tremenda falta de afecto en los primeros estadios de su juventud. Pero en realidad, todos sabíamos que era algo mucho más simple. Le cortó las alas a la mariposa por fe. Por fe y por necesidad. ¿Hubo crueldad? Sí. Obviamente la hubo, y mucha. Pero no la crueldad metódica nacida del abuso vislumbrado en las terapias de hipnosis. Ni la crueldad que los expertos definían como “de poder”, aquella en la que somos crueles, simplemente, porque podemos serlo, al igual que hicieron aquellos que fueron crueles con nosotros. No. Yo no escarbaría tanto en los prototipos que les ahorran a los médicos años de trabajo. La mente, el alma, no posee jurisprudencia, ni ecuaciones perfectas, ni llaves maestras. Probablemente, toda aquella parafernalia de Facultad de Sicología estaba justificada y, en sus visiones globales, acertaba al retroceder en su vida y su cerebro para buscar soluciones. Pero para ello, para relacionar lo que nos pasa con los que nos ha pasado, no hace falta doctorarse. Todos somos lo que hemos vivido pues uno es lo que conoce. Dos más dos, señores doctores, ya pueden guardar sus manuales. Por eso, ajenos a las penurias que sin duda le habían azotado durante mucho tiempo, quizá demasiado, más del que es necesario para dejar heridas imborrables, era una cuestión de una mayor simpleza. Igual de penosa pero más simple. Así, cogió con sus manos la mariposa y le arrancó las alas, quedando impregnado de aquel ligero polvo amarillento que le acompañaría en pesadillas durante el resto de su vida. Tomó aquel delicado ser entre sus manos infantiles y, aun consciente de su belleza y de su fragilidad, le extirpó las alas, condenándolo a una muerte lenta y agónica. Y cuando digo, o decimos, que fue la necesidad el motivo de tan sádica decisión, es porque lo conocimos, lo quisimos, y vivimos junto a él su terrible decadencia. Fue un acto momentáneo, fugaz, instintivo y desafortunado. No hubo tras él planes inherentes de placer por la tortura, ni pautas de comportamiento que se hubieran repetido o que tendieran a repetirse más adelante. No. No fue un golpe de autoridad mezquina ni maquiavélica contra un ser tan hermoso como insignificante. Él estaba enfermo. Y en su enfermedad, vivía sumido en la oscuridad de sus carencias. Nada en su vida había sido como hubiera deseado y nada en su horizonte dibujaba mejorías. Aquella mañana, durante esos instantes, siguió con su mirada el sutil vuelo de aquel animal. Lo observó, desde que emergió de la oscuridad del pinar, a cámara lenta, hasta que se posó suavemente sobre su hombro. Y entonces creyó, ciegamente, que aquello era una señal, probablemente la señal que llevaba años esperando. Cogió la mariposa con cautela entre ambas manos y se la acercó hasta la cara. La miró con el gesto iluminado de quien cree ver un ángel. La miró y, susurrando, le dio las gracias. Fue entonces cuando, con cuidado, desencajó sus alas. Y lo hizo convencido de que eran para él. Su señal. Su absolución. Las alas con las que tantas veces soñó con escapar, habían por fin llegado.
Pasados unos instantes se dio cuenta de que se había equivocado. Entonces se derrumbó y lloró. Lloró durante horas, por él y por aquel animal. Todos coincidimos en que aquel fue el principio de su fin.
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