íntima carencia...
La llamada, sin llegar a desconcertarla, sí consiguió ponerla algo tensa. O quizá la distrajo, evadiéndola de los quehaceres de su cuerpo en beneficio de los de su cabeza. La distrajo como nos distraen las cosas que se solapan y acontecen a la vez: como el coche que cruza detrás del último beso, como la mosca que se posa sobre el borde del pupitre en medio del examen, como el avión que enmudece un revelador grito de súplica. Caminaba, de lado a lado de la habitación, como un animal acorralado por la prisa y la falta de concentración. Él hablaba y ella escuchaba mientras preparaba con precipitación su bolsa de deporte. Pensaba, en aquel momento, que hay cosas que no son compatibles y que debería tener más tiempo para aquella llamada; para sentarse a digerirla y desgranarla con la calma que merecen las palabras que morimos por escuchar o aquellas en cuya precisa selección nos llegamos a jugar tanto. Pensaba que debería colgar y postergar sus argumentos para un instante en el que la paz les otorgara una mayor solidez. Pero aquello hubiera sonado a desplante y eso era algo que ni deseaba ni podía permitirse. Hablaba a trompicones mientras abría armarios y cajones. La bolsa, los zapatos, las llaves, las respuestas, todo mezclado y macerado en un instante tan caótico como relevante. Salió de casa con la certeza de llegar tarde y con la inseguridad de no haber desglosado aquella conversación en los términos y las pautas que hubiera deseado.
En el gimnasio, continuó dando vueltas a su conversación. Seguía nerviosa por la precipitación de los hechos y de las palabras. Repasaba lo dicho y, sobre todo, lo no dicho, lo que suele quedar en el tintero y rebotar en un tintineo dentro de nuestras cabezas. Atendía con dificultad los pasos de aquel ejercicio, deseando que el sudor y el esfuerzo se llevaran la intranquilidad. Con el compás de sus extremidades izquierdas (pierna y brazo hacia adelante y hacia atrás) evocaba lo dicho por él. Y con el vaivén de las derechas, lo que ella había respondido. Tenía la sensación de que algo faltaba; de haber olvidado un hecho, o un dato, de la importancia suficiente como para que anidara aquella sensación de pequeño vacío. Pero bien pensado, la conversación tampoco había sido tan profunda, ni trascendental, ni problemática como para sentirse mal por ella. Nada que no pudiera matizarse, o arreglarse, o contradecirse en un inminente nuevo contacto.
Terminó con su diaria dosis de pérdida de energía; un acto periódico tan beneficioso para su salud como para su autoestima. Entró en el vestuario; se desnudó despacio, acabando de exhalar las últimas briznas de aire regenerado, y se metió en la ducha. Al salir, despejada y semicubierta con su toalla, rebuscó en su bolsa de deporte. ¡Mierda! Se había olvidado la ropa interior. Sin duda, aquel tremendo descuido había sido culpa de las prisas y la improvisación fruto de la llamada. Así, se vistió, con una mezcla casi desconocida de pudor y libertad; la misma que nos asalta cuando nos bañamos desnudos de noche en la playa. Su cara dibujó una mueca de alegría como la de los niños que saben que hacen algo prohibido. Entre pícara y sorprendida, salió del gimnasio. De repente, su pequeño percance, le había hecho alegrarse, olvidarse de los probablemente absurdos quebraderos de cabeza de la hora anterior y sonreír. La invadió la confianza y el descaro de quien guarda un secreto ameno. Entonces cogió el teléfono, esbozó una leve carcajada, y volvió a llamarle. Al fin y al cabo, si a alguien debía revelar su íntima y clandestina carencia de atuendo, era a él.
“Hola, no imaginas lo que me ha pasado…”.
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