siempre hay algo que contar...

martes, abril 19, 2005

salvavidas ajado...

Han abierto la puerta de las aguas de la nostalgia. Alguien, sin rostro ni paradero. Han accedido allí donde la paciencia, con palos, y ruido y grandes antorchas de fuego amarillento. Percibo una voz encima de la corriente y el tacto húmedo y frío me hace retroceder. Hablan las noches sosegadas, y replican, en pánico y desespero, los momentos vacíos. Es la enfermedad de la ficción del escenario. De la obra repetida tras el telón, lejos de su sentido. Siento la acidez de la falta de palabras. Como el roce del campo mustio y agrietado. Es el sacrificio de la quietud. Tan cerca y tan lejos de una comparsa perfecta. Recuerdo el olor de vidas similares. El ungüento balsámico que rodea el corazón cuando deja de latir. El todo y la nada, tan diseminados que la suma pierde valor. Vuelvo a verme atravesando las sombras. No importa cuándo ni cómo pues es la niebla el entorno de los que temen atravesarla. Faltan palabras que no puedo utilizar. Y mudo, acepto y desvirtúo mi rol de necesidades. Sufro más por no hacerlo en compañía. Recluyo todo sentir y todo reclamo de ayuda. Y dejo que me asfixien los falsos carnavales. Es la mirada el gesto que muta y fluctúa a raíz de los sentimientos. Inhibo, pues, la mirada. Y oculto el dolor tras máscaras forzadas que no se adaptan a mi perfil. Así deambulo, entre ti y la nada, carente de recursos. Y temo que el viento derribe el decorado de esta función a medias. A veces colapso en necesidades desatendidas, y caras sin luz, e historias sin nombres. A veces, maniatado al silencio, maldigo los pactos que lo propiciaron. Y caigo en estados no recomendables. De rabia y escasez. De dudas que cuelgan y ramifican como enredaderas por mi tapia de miedos. Y es de nuevo el silencio el peor de los consejos. Aunque el único, al fin y al cabo. Y a él me agarro, como a un salvavidas ajado que, mientras se hunde contigo, hace que creas que flotas.