minuscula patria de nadie...
El lujo de la noche cerrada se diluía con los primeros esbozos de horizonte. Las cuartillas, lastimadas por el rocío, se mecían diseminadas entre la hierba. Las palabras se filtraban y, a la larga, darían lugar a coquetos madrigales que lucirían y se abrirían honrando el escenario. Todo parecía diferente a la noche anterior. Manaban nuevos sonidos de las ramas de los árboles. Sonidos inocentes, más conmovedores y menos inquietantes que los suspiros de la oscuridad. La cortina de niebla se había disipado y, tras ella, el barniz tornasolado volvía a cubrir las tejas, las baldosas y las vigas de madera. Una larga procesión de insectos se apresuraba a recolectar los excesos de una perfecta velada. Migas de piel y fibras de roces, y pan, y ternura. Las pupilas resucitaban su perímetro entelado, con caras borrosas y cortinas de agua gélida que serpenteaba por las laderas de todo cuerpo imperfecto. Y caía, sin sonido ni queja, en trampolines de briznas que se doblaban a su tacto. Así la naturaleza, en meticulosa genuflexión, nos daba los buenos días. Y todos los troncos brillaban, peinando y desperezando sus pomposas copas de recién nacida primavera. Y las aves sonaban en unísono latir, en posturas mímicas de corazones pétreos ante la inminencia de su vuelo. Todo recuperaba su función y la magia del teatro sin acotar jugueteaba en cabriolas a través de un cielo marino y traslúcido. Así descendía y nos inundaba la vida a través del paisaje. Y así empezaba un día más en la minúscula patria de nadie.
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