siempre hay algo que contar...

miércoles, abril 27, 2005

soliloquios...

Son los soliloquios mentales de verano una forma entretenida de relacionarse con uno mismo. En las rocas, o en el agua, o en el coche que corta, en moderado deleite paisajístico, los aires cálidos que recorren las costeras. Como un regocijo interno, un éxtasis de los sentidos en contacto con un medio que los distrae, y les habla, y los acaricia. Y los sentidos así saltan, ríen e inhiben con salitre y calor las habitaciones oscuras de los malos pensamientos. Ronda la alegría en las caras y en las pieles tersas y doradas. La amniosis de todo cuerpo sumergido evoca infancia y ternura, y enajenación controlada en cabriolas, gritos y chapoteos. Los organismos chocan, y retozan. Y así convivimos hombres y peces, y caracolas, y el musgo resbaladizo de algas que cubren algunas rocas. Igual sucede con el sol, que nos agasaja con mimos flagelados de una luz distinta y un inmenso calor. Y nos anestesia, tranquiliza y entumece disipando el frío que nos mantenía distantes. Pasamos a formar parte del entorno abandonado durante meses. Somos más fauna y menos maquinaria, rebozados de arena y sal, de tactos novedosos y de días que se alargan tanto que la luna no espera su relevo e inquieta, sale a compartirlos. Y notamos cada noche el cansancio balsámico del estío en cada poro que transpira vida, crema, césped, ilusión y fibras de toalla. El sueño nos abraza y nos ampara, como a las fieras exhaustas de merodear. Nos abraza, y aplaca el hambre de todo instinto. Y nos acopla, para renovarla, el cargador de la energía consumida. A gusto morimos, entre sueños de espuma y oxigeno amansado en las orillas. Hasta que despertamos, con el reloj de sol salpicándonos la cara. Abrimos la ventana. Y de nuevo el entorno, la luz y la calima nos secuestran los sentidos. Y de nuevo, conscientes o no, recordamos que en esta pequeña gran parcela sí somos afortunados.